CARTEL PARA EL VIERNES SANTO 2010
CARTEL DEL SEGUNDO PREGÓN DE LA HERMANDAD

Cartel anunciador del segundo Pregón de la Real y Muy Ilustre
Hermandad del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de los Dolores.
Autor: D. Modesto Sánchez.
Como ya anunciáramos ayer, el próximo sábado, día 6 de marzo de 2010, a las ocho de la tarde, y tras la Misa de Hermandad; D. Antonio Salinas Álvarez, Hermano Mayor de la Muy Antigua, Pontificia, Real e Ilustre Hermandad de la Santísima Virgen del Mar, Patrona de Almería actuará como Pregonero de nuestra Hermandad para el año 2010.
La presentación correrá a cargo de D. Ramón Navarrete-Galiano, pregonero del año 2009.
Al finalizar el Pregón, se dará a conocer el Cartel anunciador de la Hermandad para el Viernes Santo 2010, cuya fotografía es obra del fotógrafo almeriense D. Felipe Ortiz.
CALENDARIO DE CULTOS Y ACTOS
Este hermoso Viacrucis es el único momento del año en que quienes lo deseen, pueden portar en andas al Cristo Yacente durante alguna de las catorce estaciones.
Al finalizar, a los pies del Altar Mayor, podrán besar la Imagen, expuesta a partir de este primer viernes de Cuaresma fuera de la urna en su Capilla.
SEGUNDO PREGÓN DE LA REAL Y MUY ILUSTRE HERMANDAD DEL SANTO SEPULCRO Y NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES.
Los días 24, 25 y 26 de marzo, a las 19,30 h serán los dedicados al Triduo en honor de nuestros Titulares, y se distribuye de la siguiente manera:
Miércoles, día 24 de marzo: pirmer día de Triduo, cuya Misa será ofrecida a los hermanos difuntos de nuestra Hermandad.
Jueves, día 25 de marzo: segundo día de Triduo, con imposición de medallas y posterior cena de Hermandad.
Viernes, día 26 de marzo: Viernes de Dolores, tercer día de Triduo.
ACTO DE VENERACIÓN AL STMO. CRISTO YACENTE
El viernes, día 26 de marzo de 17,00 h a 19,00 h. Solemne Acto de Veneración al Stmo. Cristo Yacente.
REPARTO DE TÚNICAS PARA PENITENTES Y PAPELETAS DE SITIO PARA MANTILLAS
A partir del día 8 de marzo, de lunes a jueves y en horario de 18,30 a 21,00 h se procederá al mismo en la casa de hermandad, sita en la Plaza de la Catedral nº 2, bajo, Edificio Catedral.
Teléfono de la Hermandad: 950-257542
Animándoos desde este blog a que participéis activamente en los actos cuaresmales y en la vida de hermandad, recibid un saludo afectuoso y lleno de esperanza en la Resurrección.
SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN
Este sacramento es llamado sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación, del Perdón, de la Confesión y de la Conversión.
La penitencia puede tener expresiones muy variadas, especialmente el ayuno, la oración y la limosna. Estas y otras muchas formas de penitencia pueden ser practicadas en la vida cotidiana del cristiano, en particular en tiempo de Cuaresma y el viernes, día penitencial.
Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción.
Los actos propios del penitente son los siguientes: un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado.
Se deben confesar todos los pecados graves aún no confesados que se recuerdan después de un diligente examen de conciencia. La confesión de los pecados graves es el único modo ordinario de obtener el perdón.
Todo fiel, que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar sus pecados graves al menos una vez al año, y de todos modos antes de recibir la sagrada Comunión.
La Iglesia recomienda vivamente la confesión de los pecados veniales aunque no sea estrictamente necesaria, ya que ayuda a formar una recta conciencia y a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo y a progresar en la vida del Espíritu.
Ustedes pongan en primer lugar la confesión y sólo después pidan una dirección espiritual, cuando lo crean necesario.
Para muchos de nosotros existe el peligro cierto de olvidar que somos pecadores y que como tales hemos de recurrir al confesionario. Hemos de sentir necesidad de hacer que la sangre de Cristo lave nuestros pecados.
Cuando, entre Cristo y yo, se produce un vacío, cuando mi amor está dividido, nada puede llenar tal vacío.
En la noche, al momento de acostarse, pregúntense: "¿Qué he hecho yo hoy a Jesús? ¿Qué he hecho yo hoy a Jesús? ¿Qué he hecho hoy con Jesús?". Les bastará simplemente mirar sus manos. Este es el mejor examen de conciencia.
MENSAJE DE D. MANUEL POZO, VICARIO EPISCOPAL.
Hablar de devoción o devociones no es tema fácil en nuestros días. La palabra devoción no goza de buena prensa. Para muchas personas, incluso bautizadas, esta palabra evoca prácticas de otra época, incluso algunos van más lejos y hablan de “beatería”. Sin embargo, la fe del pueblo se ha alimentado durante mucho tiempo de estas manifestaciones y prácticas religiosas que guardan mucha relación con el afecto y los sentimientos.
En efecto, en la devoción a las veneradas imágenes y cultos propios de las hermandades y cofradías, se prima más los sentimientos que la razón, aquellas experiencias que se llevan impresos en el corazón y se viven cotidianamente, aquellas vivencias que se han recibido en muchos casos por tradición de nuestros mayores. De ahí nuestra identificación con las representaciones iconográficas de nuestra devoción particular porque despiertan en nosotros ciertamente páginas de Evangelio al tiempo que infinidad de vivencias personales y comunitarias.
No obstante la Iglesia siempre ha enseñado que las devociones son una prolongación de la vida litúrgica por lo que es evidente que las devociones privadas o públicas no deben en ningún caso reemplazar la celebración de los sacramentos y la participación en la eucaristía dominical[1]. De este modo en tanto la liturgia expresa públicamente el culto que se tributa a Dios por toda la comunidad cristiana, las devociones, propuestas para alcanzar mayor perfección bien en su modo privado o público, tratan de expresar en la oración y en los actos de piedad el fervor de la vida interior de cada fiel cristiano o de un grupo asociado.
Las Hermandades y Cofradías deben tener asumido con claridad meridiana que el centro de la vida cristiana es la Eucaristía y, en el caso de Semana Santa, el centro son el conjunto de las celebraciones del Triduo Sacro de las que se sigue todo lo demás, incluidas las manifestaciones públicas de la fe o procesiones. Pero también hay que hacer notar que ambas, liturgia y devoción, son complementarias para la vida espiritual por lo que habrá que buscar espacios y armonizar el tiempo para lo uno y lo otro.
Además las devociones a nuestras imágenes sagradas, ciertamente, permiten a las personas y a los grupos humanos expresar de manera más concreta su fe y su vinculación a Dios, a Cristo y a la Virgen María. Escriben los teólogos que es lugar teológico la historia y, en consecuencia, nuestra historia personal y comunitaria, nuestras tradiciones, usos y costumbres son un medio excelente para vivir y expresar la fe con tal de que no la contradigan ni tampoco a las enseñanzas de la Iglesia. En palabras del venerable Juan Pablo II, “es la fe que se hace cultura”.
Las devociones, tanto privadas como públicas, hay que inscribirlas dentro de la espiritualidad de aquellos que ante el Señor se consideran pobres. Pobres son los que acuden a pedir una gracia ante nuestras imágenes; pobres son los enfermos que en su cabecera han colocado una estampa de nuestras imágenes titulares y la besan como la mejor de las oraciones; pobres son, en su mayoría, los que sostienen económicamente las Hermandades y Cofradías; pobres, en definitiva, somos todos ante la grandeza de amor de Jesucristo en la cruz y la donación sin par generosa del Padre en su propio Hijo hecho hombre para nuestra salvación.
Todos los años, en fechas tan significativas como lo son la santa Cuaresma y la Semana Santa, los cristianos agrupados en las asociaciones de fieles, tenemos la oportunidad de ofrecer al resto de la comunidad cristiana el ambiente propicio para revivir los misterios centrales de nuestra fe al tiempo que nuestras manifestaciones públicas de fe deben ser una posible llamada a personas que poseen una fe vacilante para que vuelvan a la práctica religiosas así como a abrazar la fe a aquellos que no conocen a Jesucristo. Las catequesis plásticas son una hermosa tarea para las hermandades y cofradías no exenta de gran responsabilidad puesto que nuestras procesiones, junto con las preparaciones espirituales que les preceden, deben ser hermosas catequesis que impulsen nuestra vida al seguimiento radical de Jesucristo y su Evangelio en la Iglesia.
Vistas así las cosas es evidente que no tiene por qué haber conflicto ni exclusión entre la sagrada liturgia y las devociones[2]. Los dos ámbitos se complementan necesariamente. Algunas devociones nacieron de la liturgia y la catequesis o, al menos, fueron su fuente de inspiración. Y, al revés, la liturgia, después de engendrar a las devociones, se enriquece a su vez con ellas. En cualquier caso, estamos convencidos, que las manifestaciones devocionales del pueblo son siempre ocasión propicia para el primer anuncio de nuestra fe y la evangelización en general. A esta síntesis litúrgico-devocional que propongo nos invita el Concilio hablando de la Virgen Santísima cuando exhorta: “Recuerden, finalmente, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica (...)”[3] .
Termino con una recomendación en coherencia con lo expuesto más arriba. Los hermanos cofrades deben prepararse para vivir cristianamente el Misterio Pascual sabiendo que no hay mejor preparación que la vida en gracia de Dios alimentada con los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía. Preparemos bien nuestros cultos cuaresmales. Asistamos a los actos de formación espiritual y oracionales programados en nuestras parroquias. Vivamos con fe y devoción nuestras procesiones.
¡Feliz Pascua de Resurrección!
Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal
[1] SC 10
[2] En abril de 2002 dicté una conferencia en la Universidad de Almería dentro de un ciclo organizado en torno a la Religiosidad Popular que llevaba por título “Entre Liturgia y Procesión no hay contradicción” y en la que intenté profundizar sobre la tesis que enuncio más arriba.
[3] LG 67
MENSAJE DE MONSEÑOR GONZÁLEZ MONTES, OBISPO DE ALMERÍA.

Queridos cofrades y diocesanos:
En este tiempo santo se nos da oportunidad de gracia para abrir los ojos de la fe al conocimiento del misterio de Dios, que es amor, esperando confiadamente el perdón de los pecados y la plena regeneración de nuestra vida; y estimulando la caridad, que abre los brazos al prójimo necesitado de nuestro amor.
MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA 2010

Su Santidad Benedicto XVI.
"LA JUSTICIA DE DIOS SE HA MANIFESTADO POR LA FE EN JESUCRISTO".
"Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra "justicia", que en el lenguaje común implica "dar a cada uno lo suyo" - "dare cuique suum", según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste "lo suyo" que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si "la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios" (De Civitate Dei, XIX, 21).
"El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene "de fuera", para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar -advierte Jesús- es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en "escuchar el clamor" de su pueblo y "ha bajado para librarle de la mano de los egipcios" (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la "propiciación" tenga lugar en la "sangre" de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la "maldición" que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la "bendición" que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica".
BENEDICTO XVI, PAPA
Vaticano, 30 de octubre de 2009
PRIMER VIACRUCIS PENITENCIAL
SATABAT MATER
Impresionante fotografía de la Virgen de los Dolores realizada por D. Guillermo Méndez.en que pendía su Hijo.
contristada y doliente
3.¡Oh cuán triste y afligida
8.Vio a su dulce Hijo
15.Virgen de Vírgenes preclara
VIACRUCIS
CAMINO DE LA CRUZ.





